miércoles, 14 de enero de 2015

4000 días después de aquel año obcecado detecto que al fin te dignaste a cumplir con la cita inaudible. Y me alegro, y me enfado a la vez.

Aquellas fueron las últimas líneas que malgasté en algo que ya estaba muerto.
Pero qué bonitas son a veces las heridas, y cuántas hojas ocupan cuando las dejas. Tantas como quieras.
Para al final acabar dándote cuenta de que algo que da tanto de sí ha valido la pena, y que quedan los recuerdos plasmados para aquellos que tenemos la manía de recopilarlo todo, para revivir algo de lo bueno de vez en cuando y recordar lo aprendido cuando es necesario. Porque la carpeta de lo malo por fin tornó a lo aprendido, y ahora sí puedo archivarla.
Ahora me quedo conmigo (que soy la que me abandona pero siempre vuelve, siempre vuelvo. Y un día voy a aprender a ser valiente y llegaré para quedarme), aunque intentes por la fuerza abrirme la cajita de recuerdos. Porque estoy segura de que brillaré por mi ausencia para quien no me supo ver. Y mientras tanto que me sigan inspirando las decisiones que tomo, para ver si al final es cierto eso de que el poeta es de quien le inspira, y por fin me pertenezco. A ver si por fin puedo escribir mi nombre antes de escribir el de nadie. 
Aquí, escribirlo aquí dentro con el corazón arponeado pero en propiedad, sin intereses ni deudas a plazo fijo.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Lo demás no, pero a ti te tengo en claro. Y tú me tienes, claro.

Tengo tantas cosas que decir que juro que esta vez escribo por puro instinto de supervivencia.
Porque esta mañana o mi cara reflejaba mi estado de ánimo como nunca o por fin soy lo suficientemente miope como para salir a la calle sin maquillar y verme bonita (que siempre me observo de lejos, no vaya a ser que me vea por dentro, no vaya a ser que me acerque mucho a lo que realmente soy).
Que no nos damos cuenta pero cuando nos quieren bien nos recogen el amor propio del suelo y nos lo ponen en bandeja para reconstruírlo.
Sobre todo cuando ya lo damos por perdido. Cuando, como yo, en vez de rescatarlo nos hundimos en él.
Que mi talón de aquiles se encuentra en un cuerpo ajeno. En el mío.
Y que solo cuando lo recupere recuperaré también la capacidad de controlar algo de lo que ocurre con mi vida. Porque lo que ocurre en ella no hay forma de cambiarlo.
Y así, alejándome cada vez más del autoconvencimiento de la autosuficiencia, que como todo lo que lleva auto delante siempre acaba siendo un completo fracaso; me voy dando cuenta de que los desastres más bonitos ya solamente los recuerdo en diferido. Que recuerdo mejor días pasados, y no batallas recientes.
Porque me la jugué mucho apostando por caballos ganadores de otras carreras que no eran las de mis medias.
De arrastrarme por el suelo mendigando besos que ya no eran míos.
Y me importa una mierda.
Todo lo que puedo decir ahora es que me importa una mierda.
Porque si no me reconozco tomando aquellas decisiones, si lo recuerdo como si lo hubiera vivido otra persona, es porque necesito releer aquello de que valiente es el que determina los acontecimientos y no el que los sufre. Para así darme cuenta de que lo que nos hace estar vivos es arriesgar, y, por qué no, darnos algún que otro golpe. Que ya acertaremos. Pero provocando a la suerte. Porque como dije al principio, mi talón de aquiles ya no me pertenece. Pero sigue siendo mío al fin y al cabo. 
Y me quedo con la incoherencia de esto último que acabo de decir para decir que así es la cosa. 
Me siento libre cuando me vuelvo a dar entera. Me siento entera cuando soy libre. Y, la libertad, siempre ha sido algo muy subjetivo.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Si de querer romperme terminaste haciéndome más fuerte, dime quién ha perdido. Porque yo puedo decirte lo que he ganado.

Y si me quiero dormir entre caladas a unos labios que me dedican sus noches, pero me bailan el agua por el día de la misma forma que yo lo hago, y me dicen que no se irán mañana, firmo.
Firmo en el comienzo y antes de escribir nada, ahora que todo va bien. Quién me lo diría, ya no muero por ti!. 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Que sigo torturando a mi cabeza por tu piel.

Eras como un millón de tarjetas de felicitación, como las tardes de otoño, como los viernes por la noche. Eras los "buenos días" que despertaron en tu cama, tus ojos bonitos, los lunares que me aprendí, los besos que guardé. Y de tanto dar, y de tanto querer darte, me quedé sin nada. Por no saber poner límite, por dejarme en caída libre. Y lo peor, que no me arrepiento. Que volvería a caer solo por volver a sentirte, tan dentro que llegaste, tan hondo que calas. Que no quiero a nadie si no eres tú. Y me quiero y me odio porque te quiero y te odio. Porque quiero verte desaparecer y quiero que vuelvas para quedarte. Para quedarme yo. Para no perderme nunca más si no va a ser entre tus sábanas. Tan lejos y tan cerca que muero por verte y por quitarte de mi cabeza. Que sí, que te prefiero en mi almohada. Y que ojalá, dejarme la marca de tus uñas y no los estigmas de las balas. Ojalá seguir queriéndote tanto que duela. Porque no va a volver a doler así por nadie. Porque no me vuelvo a dar entera. Porque no lo estoy. Y así, por fascículos, regalándome a cualquiera que sepa y no le importe saber que por la mañana no estaré, recordaré que yo te abrazaba cuando te quedabas dormida sin que te dieras cuenta. Y que sin darte cuenta ahora te sueño y cuando despierto no estás. Y la realidad ya no me sostiene. A la realidad ya no la aguanto. Y quema y rasga la piel... Y este invierno es frío. Y esta no soy yo. 
Pero tú sigues tan bonita como siempre.

domingo, 12 de octubre de 2014

Me callo lo que hay, lo que hay es lo que toca, y pa' tocar el corazón es mejor no abrir la boca.

Que me vuelva el nervio, el sueño, o la inspiración para escribir. Y que aunque a corto plazo no haya solución, aunque tenga que mirarte y saber que ha pasado el momento, aunque si estar a punto de matarme parezca que te acabe de salvar la vida, sigo pedaleando para no perder el equilibrio. Para dejarme de llover. Para dejar de ser Enero en pleno Octubre.
Por mi mala costumbre de alargarme los inviernos y de hacerlos más fríos.
Porque yo, ya solo espero que las personas en ruinas tengamos un encanto especial. Que el brillo de los ojos grite que no hay nadie más vulnerable y más fuerte a la vez que aquella persona que ya no espera nada de nadie, porque todo lo que ha querido se reduce y prohíbe, se cierra la puerta, en una sola persona.

Porque quiero que vuelvas. Porque quiero volver a casa y dejar de tener mis sentimientos castigados de cara a la pared.

¡Cuánta decepción, y todo por nada!


lunes, 29 de septiembre de 2014

Con cariño, a mi "yo" de dentro de dos semanas.

Este es el punto de mi vida en el que me toca crecer, porque alguien un maravilloso día decidió declarar los 18 como línea de rotura de los "no es mi responsabilidad". Pobres criaturas los que tememos a la libertad, y pobres criaturas las que no temen por vivir en una burbuja todavía.
Durante estos últimos meses he leído más libros que en toda mi vida, y me he cuestionado mi futuro más que nunca, sin llegar a ninguna otra conclusión que aquella de que, nunca sabemos dónde podemos terminar, o empezar; tal y como dice la canción.
Los libros me hablan de que muchos en realidad prefieren un amo justo, al riesgo de sentir el poco peso de los pies cuando uno camina sin cadenas. Tanto nos preocupa coger demasiada velocidad y estrellarnos? Realmente preferimos reprimir nuestro instinto más innato de exploración y cerrarnos puertas (y la mente)?. Y todo esto por unos brazos que nos cobijen al acabar los días. Todo por personas que "son casa" y hacen de lo malo un soporte y de lo bueno, algo mejor.
Sería increíble combinar la idea de ser un alma libre y al mismo tiempo transportar toneladas de cariño portátiles sin que nos pesara nada. 
Pero la realidad, lejos de ser justa, termina por obligarnos a ceder y decidir ser nuestro propio soporte, nuestra propia casa, y nuestro propio cobijo, para vivir nuestra vida... o subordinarnos a la vida de alguien, y compartir algunos sueños, y dejar otros atrás.
Probablemente pase el resto de mi vida preguntándome "¿Qué es lo que me va a hacer más feliz?", porque según parece uno nunca es lo suficientemente maduro como para decidirlo. He visto ancianos anhelando, divorcios, cambios repentinos de profesión... y estoy completamente segura de que ninguno de ellos se ha equivocado. Por el simple hecho de que se han desprendido de algo que no les proporcionaba la felicidad, y eso, ya les hace estar un paso más cerca de ella.
Ahora ya entiendo aquello de que la vida es un continuo ensayo de una obra que jamás se estrenará. Vivimos aprendiendo. Eso sí, siempre en trayectoria ascendente.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Despertar sin miedo.

En medio de la noche, quema todavía más. Escuece la herida en medio del alma, y todo lo que puedes hacer es sentirla.
Y poco a poco vas aprendiendo que si hay alguna forma de aliviar el dolor es meterse de lleno en él. Lo dicho, sentirlo. Hasta que sientas que los pedacitos se van fragmentando en otros más pequeños y creas que estás a punto de desaparecer. Hasta que sientas que quieres escapar aunque no sabes muy bien a donde o de qué. Hasta que quieras volver al principio de todo, o evaporarte en el final.
Solo cuando el dolor sea tan insoportable que cueste respirar tu cuerpo decidirá dejar de torturarse pasados los quince minutos.
Porque el dolor es lo único inevitable, y quince minutos son más que suficientes para romper un corazón tan pequeñito que apenas alcanza el puño de una mano.
Y sabréis, que todo el tiempo posterior a esos quince minutos haréis todo lo posible por estar distraídos, por mantener vuestra mente ocupada en cualquier cosa. Sin daros tiempo de que vuestra mente huya de nuevo al lugar del crimen.
Porque somos humanos, y como tal, sieeeempre escuchamos y entendemos solamente lo que nos interesa. De tal manera que luego no diferenciamos entre sentir dolor y sufrir, y acabamos viviendo el sufrimiento como dolor, y el dolor como sufrimiento. O lo que es lo mismo, sufriendo de forma inevitable y prolongando el dolor. Ya que bastaría un simple vistazo al diccionario para descubrir que la palabra "sufrimiento" va definida por "resistir", "soportar", o "someter". En definitiva, sentir dolor por iniciativa propia, y no porque no quede otra.
Puede ser difícil de entender, pero basta con darle un par de vueltas al asunto para comprobar que aprender esta diferencia es una base importante para no dejarse arrastrar por los acontecimientos que no podemos cambiar. Porque todo depende de cómo se mire.
Y yo hoy lo veo todo negro, y esta es la razón por la cual escribo hoy aquí. Porque cuando más oscuro está todo es justo el momento en que está a punto de salir el sol.